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Premio “MIGUEL DELIBES” 1996

     

 

 

ACTA DEL JURADO DEL PREMIO NACIONAL DE PERIODISMO “MIGUEL DELIBES”, 1996.

carreter_premioEn Valladolid, a las 17,00 horas del 28 de noviembre de 1996, se reúnen, previa convocatoria de su presidente ( de fecha 22 de Noviembre de 1996), el jurado del Premio Nacional de Periodismo Miguel Delibes, instituido y convocado por la Asociación de la Prensa de Valladolid (APV) y patrocinado por Caja España, cuyas bases fueron aprobadas por la Asamblea General de la APV del 22 de enero de 1996 y presentadas públicamente el 12 de abril del mismo año.

Forman parte del Jurado (nombrado por la Junta Directiva de la APV, según lo estipulado en el punto décimo de las bases, en su reunión del 18 de noviembre de 1996) el Presidente de la APV, D. Pedro Damián de Diego Pérez, quien actúa como Presidente del mismo; D. Jesús de la Serna Gutiérrez-Repide, Presidente de la Federación de Asociaciones de la Prensa de España (FAPE); D. José Jiménez Lozano, escritor, periodista y Premio Nacional de las Letras Españolas 1992; D. José Luis Martínez Albertos, Catedrático de la Universidad Complutense de Madrid y director del departamento de Periodismo 1 y D. Máximo Regidor, escritor y periodista. Como secretario de actas, con voz pero sin voto, actúa D. Luis Carmelo Rincón Miranda, Secretario General de la APV.

El Jurado, tras deliberar sobre los trabajos presentados, tanto por los candidatos al premio que concurren por iniciativa propia como los presentados en la reunión por los miembros del Jurado, al amparo del punto undécimo de las bases, decide por unanimidad: Conceder el Premio Nacional de Periodismo Miguel Delibes 1996 a D. Fernando Lázaro Carreter por su artículo “Perdonar” publicado en el diario ABC del día 19 de febrero de 1996, y perteneciente a la serie “El dardo en la palabra”, rúbrica con la que el autor ha desarrollado una importante labor de difusión y defensa del español en el último cuarto de siglo en diversos medios escritos.

 

Valladolid, 28 de noviembre de 1996.

   

Artículo premiado
Perdonar

En el ámbito futbolístico se ha desarrollado hace poco con virulencia agresiva una metáfora que juzgo incurable. La oímos a diario (esta temporada, literalmente a diario ): el equipo se estira, el delantero le gana la espalda, ( ?) a la defensa, está solo ante el portero en uno contra uno, el gol se ruge ya por la multitud, pero el “crack” chuta y manda la pelota a hacer gambetas al banderín. Y en ese instante, indefectiblemente, el comentarista - filósofo que suele acompañar en las retransmisiones al narrador, emite su solvente excogitación: el Zaragoza (lo nombro porque lo quiero y porque es diestro en esa piña ) “está “perdonando” mucho”. Luego, el exegeta asevera grave: “el equipo que “perdona” mucho acaba perdiendo”. Y enseguida sentenciará más hondo aún: “ El fútbol es así”.

Es probable que toda la comunidad hablante adopte pronto el verbo “perdonar” con ese inusitado significado intransitivo : “en el fútbol, desperdiciar repetidamente un equipo las ocasiones de meter gol”; antes se decía simplemente “fallar”. La nueva acepción por el momento, sólo pertenece a la jerga balompédica pero como el fútbol sale hasta por el tubo de dentífrico, el vocablo será muy pronto de conocimiento general. Y de este modo, un tropo inventado como graciosa creación personal por un ignoto artista de la crónica deportiva, ha cundido hasta rebosar por toda la extensión de las ondas y del papel.

Ello constituye buena prueba de que el desenfado de muchos de tales comentaristas puede convertir en triunfo el dislate. Porque “perdonar” significa en el habla común “alzar la pena, eximir o liberar de una obligación” a alguien. Y el arquero no tenía obligación de dejarse meter gol: no había que eximirlo; al contrario. Por otra parte, quien perdona lo hace adrede y cobra fama de misericordioso, pero las gradas embravecidas suelen llamar imbécil al futbolista o al equipo que, queriendo arrasar al contrario -! todo menos perdonarlo! -, marra el tanto teniéndolo a huevo.

Evidentemente, el idioma del estadio y de sus aledaños periodísticos es el más desenfadado de todos, y en él se produce la mayor creatividad imaginable, en gran parte bastante estólida. Pero hay otro sector de parlantes que no le anda a la zaga: el de los pedagogos oficiales, a cuyo cargo corre algo tan delicado como es la reforma educativa. La están acometiendo a golpe de dicharachos, que han sido puestos en solfa muchas veces; piensan, sin embargo, que eso los engrandece por la ignorancia de sus críticos. Uno de estos disconformes me envía un B.O.E con el Real decreto 732/1995, relativo a los derechos y deberes de los alumnos. Aunque no lo dice, supónese que afecta también a las alumnas: es raro que el BOE utilice en esto un lenguaje tan políticamente incorrecto. Porque, en todo lo demás, es más que correcto: relamido. ¿Qué hacer con los estudiantes que dañan las instalaciones de su centro o roban material y cosas así? ¿ Aplicarles sanciones? De ninguna manera: son “correcciones” lo que habrá que administrarles. Pero “correcciones”, según el Diccionario, son las reprensiones: ¿Habrá, pues, que llamar “malos” a quienes cometen falta, y en todo caso “bribones “ si han hecho una barrabasada? No: el B.O.E prevé otras “ correcciones” además de las verbales, que serán graduadas en función de las circunstancias. Y estás, según los pedagogos legisladores son de dos tipos: “paliativas” y “acentuantes”. ! Así se habla, sí señor/a, con sal y gracejo políticamente hipercorrectos ! Fuera aquello de “atenuantes” y “agravantes”, que parecen términos carcelarios, incompatibles con la inocencia de las criaturas. Y adelante con la reforma educativa, aunque tantos pensemos que se funda en buena parte en una tremenda e irresponsable manipulación de la lengua española. De esta lengua que los reformadores evidentemente no aman, y bien que lo prueban al escribir y al planear.

No están solos. Hay muchos prevaricadores en todos los gremios. El de los necrólogos, sin alejarnos demasiado. Actúan en los “media” escribiendo dos palabras o doscientas sobre el prócer que muere, sobre su difunta esposa, sobre aquel o aquella ilustre o pudiente que fallece. Aquí tenemos a una dama que ha tenido la desgracia de perecer en diciembre. La evoca un gran periódico de la Corte: parece que había sido importante en la política y en las letras. Y explica el necrólogo : “sus restos fueron inhumados el día 28 y, por su voluntad expresa, serán esparcidos en el mar”. Me envía esta joyuela un anónimo lector -se la agradezco- , que comenta lacónico, “¿Pensará el autor que los restos fueron ahumados?”. Tiene razón: inhumar es, simplemente, enterrar, porque “humus” era “tierra” en latín, y para esparcir un cadáver inhumado habría que exhumarlo previamente, trocearlo y hacerlo picadillo. Sólo así se le podría dispersar y aventar y desparramar sobre las olas. Si se tira al agua un muerto entero, es evidente que no se le dispersa: simplemente se le chapuza. ¿Ocurrirá que el informador piensa que inhumar equivale a incinerar ? Es de temer, confirmando cómo una porción enorme de personas que viven del lenguaje lo guardan en la cholla hecho popurrí. Este escribidor vio en “inhumar” (del latín “humus” “tierra”) el “humo” (del latín “fumus”), por la humareda que soltamos cuando nos meten en el horno. “Se hizo humo”, decían nuestros antepasados de alguien achicharrado por la Inquisición. Pero aquí no es el humo fugitivo lo que importa, sino el montoncito de ceniza, el polvo enamorado o no que queda tras arder. Ese es el que puede esparcirse.

Por fin, los publicistas: otro gremio de agresores. Uno de los principales bancos anuncia en folleto elegantísimo que ha entrado “en el segmento de banca al retail doméstico”. Quedo perplejo ante ese “retail doméstico”; me voy derecho al Webster, y entre nieblas colijo que debe de ser que se dispone a trabajar al por menor, en las pequeñas cosas en que también operan los bancos, y vuelve a sumergirse mi mente en la fosca. Se enturbia aún más al continuar: las oficinas de éste ostentan en su fachada “el color amarillo en degradé”, palabra la última que no sé en qué diccionario buscar porque, si fuera francesa, llevaría acento en la primera sílaba.

Cronistas de fútbol, pedagogos, necrólogos, publicistas.... nadie perdona a nuestro idioma desventurado.

Publicado en el diario ABC el 19 de febrero de 1996

Lazaro CarreterFernando Lázaro Carreter
Zaragoza, 1923
Lingüista, filólogo, ensayista
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Catedrático de Lengua Española en las universidades de Salamanca y Autónoma y Complutense de Madrid

En 1972 fue designado académico y en 1991 elegido director de la Real Academia, cargo que ocupó hasta 1998. Su labor docente ha sido refrendada por varios doctorados Honoris Causa, entre ellos los de las universidades de Zaragoza, Salamanca, Autónoma de Madrid, La Laguna y Valladolid.

Especialista en la investigación literaria de los siglos XVI, XVII y XVIII, ha dedicado una parte importante de su actividad a la defensa y

divulgación del buen uso del idioma,tanto en libros como a través de artículos periodísticos,parte de los cuales se agrupan en la serie El dardo en la palabra, publicados en el diario ABC. Esta actividad le ha valido premios como el Mariano de Cavia de Periodismo, en 1984, o el Premio Aznar, 1982, instituido por la Agencia Efe, de cuyo servicio “El español urgente”, es asesor.

Ha desarrollado una importante labor literaria y ensayística, por la que fue candidato en 1998 al Premio Cervantes.

De su etapa al frente de la Academia se destaca que ha renovado la institución, abriéndola a la sociedad a través de convenios con entidades y ha conservado la unidad del español y la calidad de su uso gracias a la estrecha colaboración con las academias de América Latina, Filipinas y Estados Unidos. En 1999 el Grupo Bertelsmann creó el Premio Iberoamericano de Periodismo “Fernando Lázaro Carreter” para fomentar la calidad lingüística entre los jóvenes periodistas.