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Artículo premiado
Perdonar
En el ámbito futbolístico se ha
desarrollado hace poco con virulencia agresiva una metáfora
que juzgo incurable. La oímos a diario (esta temporada, literalmente
a diario ): el equipo se estira, el delantero le gana la espalda,
( ?) a la defensa, está solo ante el portero en uno contra
uno, el gol se ruge ya por la multitud, pero el crack
chuta y manda la pelota a hacer gambetas al banderín. Y en
ese instante, indefectiblemente, el comentarista - filósofo
que suele acompañar en las retransmisiones al narrador, emite
su solvente excogitación: el Zaragoza (lo nombro porque lo
quiero y porque es diestro en esa piña ) está
perdonando mucho. Luego, el exegeta asevera grave:
el equipo que perdona mucho acaba perdiendo.
Y enseguida sentenciará más hondo aún:
El fútbol es así.
Es probable que toda la comunidad
hablante adopte pronto el verbo perdonar con ese inusitado
significado intransitivo : en el fútbol, desperdiciar
repetidamente un equipo las ocasiones de meter gol; antes
se decía simplemente fallar. La nueva acepción
por el momento, sólo pertenece a la jerga balompédica
pero como el fútbol sale hasta por el tubo de dentífrico,
el vocablo será muy pronto de conocimiento general. Y de
este modo, un tropo inventado como graciosa creación personal
por un ignoto artista de la crónica deportiva, ha cundido
hasta rebosar por toda la extensión de las ondas y del papel.
Ello constituye buena prueba de que
el desenfado de muchos de tales comentaristas puede convertir en
triunfo el dislate. Porque perdonar significa en el
habla común alzar la pena, eximir o liberar de una
obligación a alguien. Y el arquero no tenía
obligación de dejarse meter gol: no había que eximirlo;
al contrario. Por otra parte, quien perdona lo hace adrede y cobra
fama de misericordioso, pero las gradas embravecidas suelen llamar
imbécil al futbolista o al equipo que, queriendo arrasar
al contrario -! todo menos perdonarlo! -, marra el tanto teniéndolo
a huevo.
Evidentemente, el idioma del estadio
y de sus aledaños periodísticos es el más desenfadado
de todos, y en él se produce la mayor creatividad imaginable,
en gran parte bastante estólida. Pero hay otro sector de
parlantes que no le anda a la zaga: el de los pedagogos oficiales,
a cuyo cargo corre algo tan delicado como es la reforma educativa.
La están acometiendo a golpe de dicharachos, que han sido
puestos en solfa muchas veces; piensan, sin embargo, que eso los
engrandece por la ignorancia de sus críticos. Uno de estos
disconformes me envía un B.O.E con el Real decreto 732/1995,
relativo a los derechos y deberes de los alumnos. Aunque no lo dice,
supónese que afecta también a las alumnas: es raro
que el BOE utilice en esto un lenguaje tan políticamente
incorrecto. Porque, en todo lo demás, es más que correcto:
relamido. ¿Qué hacer con los estudiantes que dañan
las instalaciones de su centro o roban material y cosas así?
¿ Aplicarles sanciones? De ninguna manera: son correcciones
lo que habrá que administrarles. Pero correcciones,
según el Diccionario, son las reprensiones: ¿Habrá,
pues, que llamar malos a quienes cometen falta, y en
todo caso bribones si han hecho una barrabasada? No:
el B.O.E prevé otras correcciones además
de las verbales, que serán graduadas en función de
las circunstancias. Y estás, según los pedagogos legisladores
son de dos tipos: paliativas y acentuantes.
! Así se habla, sí señor/a, con sal y gracejo
políticamente hipercorrectos ! Fuera aquello de atenuantes
y agravantes, que parecen términos carcelarios,
incompatibles con la inocencia de las criaturas. Y adelante con
la reforma educativa, aunque tantos pensemos que se funda en buena
parte en una tremenda e irresponsable manipulación de la
lengua española. De esta lengua que los reformadores evidentemente
no aman, y bien que lo prueban al escribir y al planear.
No están solos. Hay muchos
prevaricadores en todos los gremios. El de los necrólogos,
sin alejarnos demasiado. Actúan en los media
escribiendo dos palabras o doscientas sobre el prócer que
muere, sobre su difunta esposa, sobre aquel o aquella ilustre o
pudiente que fallece. Aquí tenemos a una dama que ha tenido
la desgracia de perecer en diciembre. La evoca un gran periódico
de la Corte: parece que había sido importante en la política
y en las letras. Y explica el necrólogo : sus restos
fueron inhumados el día 28 y, por su voluntad expresa, serán
esparcidos en el mar. Me envía esta joyuela un anónimo
lector -se la agradezco- , que comenta lacónico, ¿Pensará
el autor que los restos fueron ahumados?. Tiene razón:
inhumar es, simplemente, enterrar, porque humus era
tierra en latín, y para esparcir un cadáver
inhumado habría que exhumarlo previamente, trocearlo y hacerlo
picadillo. Sólo así se le podría dispersar
y aventar y desparramar sobre las olas. Si se tira al agua un muerto
entero, es evidente que no se le dispersa: simplemente se le chapuza.
¿Ocurrirá que el informador piensa que inhumar equivale
a incinerar ? Es de temer, confirmando cómo una porción
enorme de personas que viven del lenguaje lo guardan en la cholla
hecho popurrí. Este escribidor vio en inhumar
(del latín humus tierra) el humo
(del latín fumus), por la humareda que soltamos
cuando nos meten en el horno. Se hizo humo, decían
nuestros antepasados de alguien achicharrado por la Inquisición.
Pero aquí no es el humo fugitivo lo que importa, sino el
montoncito de ceniza, el polvo enamorado o no que queda tras arder.
Ese es el que puede esparcirse.
Por fin, los publicistas: otro gremio
de agresores. Uno de los principales bancos anuncia en folleto elegantísimo
que ha entrado en el segmento de banca al retail doméstico.
Quedo perplejo ante ese retail doméstico; me
voy derecho al Webster, y entre nieblas colijo que debe de ser que
se dispone a trabajar al por menor, en las pequeñas cosas
en que también operan los bancos, y vuelve a sumergirse mi
mente en la fosca. Se enturbia aún más al continuar:
las oficinas de éste ostentan en su fachada el color
amarillo en degradé, palabra la última que no
sé en qué diccionario buscar porque, si fuera francesa,
llevaría acento en la primera sílaba.
Cronistas de fútbol, pedagogos,
necrólogos, publicistas.... nadie perdona a nuestro idioma
desventurado.
Publicado en el diario ABC el
19 de febrero de 1996
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Fernando
Lázaro Carreter
Zaragoza, 1923
Lingüista, filólogo, ensayista.
Catedrático de Lengua Española en las
universidades de Salamanca y Autónoma y Complutense de Madrid
En 1972 fue designado académico y en 1991
elegido director de la Real Academia, cargo que ocupó hasta
1998. Su labor docente ha sido refrendada por varios doctorados
Honoris Causa, entre ellos los de las universidades de Zaragoza,
Salamanca, Autónoma de Madrid, La Laguna y Valladolid.
Especialista en la investigación literaria
de los siglos XVI, XVII y XVIII, ha dedicado una parte importante
de su actividad a la defensa y
divulgación del buen uso del idioma,tanto en
libros como a través de artículos periodísticos,parte
de los cuales se agrupan en la serie El dardo en la palabra,
publicados en el diario ABC. Esta actividad le ha valido premios
como el Mariano de Cavia de Periodismo, en 1984, o el Premio Aznar,
1982, instituido por la Agencia Efe, de cuyo servicio El español
urgente, es asesor.
Ha desarrollado una importante labor literaria y ensayística,
por la que fue candidato en 1998 al Premio Cervantes.
De su etapa al frente de la Academia
se destaca que ha renovado la institución, abriéndola
a la sociedad a través de convenios con entidades y ha conservado
la unidad del español y la calidad de su uso gracias a la
estrecha colaboración con las academias de América
Latina, Filipinas y Estados Unidos. En 1999 el Grupo Bertelsmann
creó el Premio Iberoamericano de Periodismo Fernando
Lázaro Carreter para fomentar la calidad lingüística
entre los jóvenes periodistas.
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