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Premio “MIGUEL DELIBES” 1997

     

ACTA DEL JURADO DEL PREMIO NACIONAL DE PERIODISMO “MIGUEL DELIBES”, 1997.

verdu_premioEn Valladolid, a las 17,00 horas del día 29 de Diciembre de 1997, se reúne, previa convocatoria de su Presidente (de fecha 17 de Diciembre de 1997), el jurado del Premio Nacional de Periodismo “Miguel Delibes”, instituido y convocado por la Asociación de la Prensa de Valladolid (APV), y patrocinado por Caja España, cuyas bases fueron aprobadas por la Asamblea general de la APV, del 22 de Enero de 1996 y presentadas públicamente el 12 de Abril del mismo año.

Forman parte del Jurado (nombrado por la junta directiva de la APV, según lo estipulado en el punto décimo de las bases, en su reunión del 18 de Noviembre de 1996), el presidente de la APV, D. Luis Carmelo Rincón Miranda, quien actúa como presidente del mismo; D. José María Torre Cervigón, secretario general técnico de la Federación de Asociaciones de la Prensa de España; D. César Alonso de los Ríos, periodista; D. Gustavo Martín Garzo, escritor; Dña Elena Santiago, escritora y D. Fernando Lázaro Carreter, escritor. Como secretario de actas, con voz pero sin voto, actúa D. Francisco V. Alcántara Martínez, secretario general de la Asociación de la Prensa de Valladolid.

El jurado, tras deliberar sobre los trabajos presentados, tanto por los candidatos al premio que concurren por propia iniciativa, como los presentados en la reunión por los miembros del jurado, al amparo del punto undécimo de las bases, decide por unanimidad: Conceder el Premio Nacional de Periodismo “Miguel Delibes” 1997 a D. Vicente Verdú, por su artículo La vista sorda, publicado en el diario El País en su edición del día 30 de Octubre de 1997.

Además, los miembros del jurado recomiendan a la organización que, en próximas ediciones, las bases contemplen la admisión de aquellos trabajos periodísticos que, por sus cualidades, representen una aportación innovadora en relación con el lenguaje.

 

Valladolid, 29 de Diciembre de 1997.

   

Artículo premiado
La vista sorda

Todas las semanas el Defensor del Lector de El País colecta una docena de cartas protestando por nuestras erratas y, a la semana siguiente, las erratas, los errores gramaticales, los “chupas de dómine”, las invenciones extravagantes, sacuden la paciencia de nuevos lectores que caen descabalgados y aturdidos de la lectura. Y no es esto lo peor: Hay otros lectores que a pesar de los dislates transcurren como si no pasara nada sobre el estropeado pavimento, hablado o escrito. A fuerza de leer cosas mal redactadas y leerlas sin estupor un primo mío ya dice, cuando cree llegado el caso, que debemos hacer “la vista sorda”. Sus oídos, como los de otros, los tiene ya ofuscados por la radio y la televisión y, ahora, con la prensa, va camino de ensordecer su vista. Todo sucede por lo muy gorda que va siendo la oleada de desatinos en que incurre el lenguaje y que, aun no pareciéndolo, nos tiene muy mortificadas a las redacciones. Aquí dentro y en otros medios se aspira, ante todo, a saber y saber. El afán, de la mañana a la noche, es recabar más y más información para difundirla con el mayor interés, precisión y contenido. La vocación de informar a los demás se corresponde directamente con la codicia de aprehender y aprender. Tenemos zoquetes aquí, como en todas partes, pero en este zoco la tónica es azacanarse para ganar conocimientos y trasmitirlos con claridad y atractivo; de manera inseparable, el idioma es la herramienta para abrir la atención, entretenerla y conducirla hasta el final. Si los resultados traicionan esta ambición los primeros fracasados somos los periodistas y, casi a la vez, los efectos recibidos de la educación

La gente quiere saber; queremos saber. Y decirlo bien. Lázaro Carreter ha vendido cientos de miles de ejemplares de El dardo en la palabra porque ha acertado en el centro de una amplísima ansiedad. Se desea saber como efecto de una necesidad que no satisfizo la sociedad, la enseñanza, la facultad, la escuela y, al fin, uno mismo. Los libros de estilo, la obra también best-seller de Alex Grijelmo sobre El estilo periodístico, el triunfante libro Hablar en público, de Vallejo Nájera, los cursillos que ayudan a redactar informes o escribir cartas se reciben tan bien como los manuales de buenas maneras publicados a lo largo de estos últimos años. La gente quiere aprender no sólo a ser mejores, sino a aparecer mejores manifestándose con propiedad y corrección. Entre las formas de presentación en público una, enfatizada por la moda, es la compostura de la ropa, pero ¿cómo lucir de verdad desmañándose en la locución? Y ¿cómo, hoy, en un mundo relacionado cada vez más por los mensajes electrónicos puede olvidarse el valor que la escritura recupera? En ese universo, antes que la cita a ciegas acude la claridad de la redacción y, adelantándose al tipo, llega la tipografía.

A despecho de lo que se supone, el lenguaje, escrito y hablado, ha recuperado un protagonismo mayor. Parece que el balbuceo o el habla sincopada es cosa celebrada y en aumento, pero crecientemente, en los medios públicos, estos desaliños son sentidos como una decadente indignidad. Desde los profesores de universidad a los periodistas, desde los políticos a los cibernautas, desde los juristas a los publicitarios, todos creen como no lo creían, en la necesidad de hablar y escribir bien para distinguirse y lograr acreditación.

Hablar y escribir con limpidez pero también con la capacidad de seducir es un requerimiento de la era de la información. En ese cosmos, los neologismos, las desidias, los defectos ortográficos o gramaticales, el dequeismo y los disparates se han convertido en una polución mediática y la ecología general rechaza esta basura como un tóxico de primer grado. Ni la escucha ni la lectura, en la era de la supercomunicación, puede seguir haciendo “la vista sorda”. Más bien, como ordena el sentir general, todos queremos un mundo limpio y sin ruidos; aseado y capaz de promover la salud, la belleza y la mejor identidad del idioma.

Publicado en el diario El País, el jueves 30 de octubre de 1997

VerduVicente Verdú
Elche, 1942
Periodista y escritor.

Doctorado en Ciencias Sociales por la Universidad de la Sorbona y miembro de la Fundación Nieman de la Universidad de Harvard.

Escribe regularmente en el diario El País, donde ha ocupado los puestos de jefe de Opinión y jefe de Cultura.

Escribió un libro sobre las relaciones de pareja en España, Noviazgo y matrimonio en la burguesía española (Edicusa), y otro clásico entre los aficionados al fútbol: El fútbol, mitos, ritos y símbolos (Alianza Editorial).

Entre otras obras se encuentran también El éxito y el fracaso (Temas de Hoy) y Nuevos amores, nuevas familias ( Tusquets).

En editorial Anagrama, donde se publicó su primera obra, Si usted no hace regalos le asesinarán, se ha publicado una colección de cuentos titulada Héroes y vecinos y Días sin fumar, finalista del premio Anagrama de Ensayo 1988. En marzo de 1996 fue galardonado con este premio Anagrama de Ensayo por su libro El planeta americano y en 1997 publicó Emociones en la editorial Taurus, un ensayo sobre la vida cotidiana.