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Artículo premiado
El lenguje informático
y viva Manitú.
El primer mensaje de nuestro nuevo ordenador en
el periódico nos dio un buen susto a quienes emprendíamos
el cursillo de rigor. Por un momento creímos haber entrado
en la memoria central de las fuerzas parapoliciales, nos venía
al presente el pasado más nefasto del pistolerismo nacional
. Aquella frase decía escuetamente: El comando ha
sido ejecutado con éxito.
Pronto lo comprendimos, por supuesto: igual que
habíamos entrado en un mundo virtual, debíamos acostumbrarnos
a un lenguaje virtual. Nos los ratificó el profesor poco
después: Ahora, minimicen ese artículo.
La verdad, ninguno de nosotros quería quitar importancia
a las frases que cada cual había improvisado aquella mañana;
aunque estuviéramos dispuestos, eso sí a disminuir
pacíficamente su extensión en la página. Pero
los matices que diferencian entre la reducción cuantitativa
y la cualitativa no parecían casar con la mente plana del
nuevo lenguaje que se nos ofrecía. Deberíamos ejecutar
comandos y minimizar editoriales. Todos los mundos excluyentes inventan
su propio lenguaje para que quienes no pertenecen a él se
sientan inferiores, como lo hechiceros hacían con aquellas
palabras mágicas incomprensibles que sólo ellos sabían
pronunciar, no fuera que la ciencia de Manitú se extendiera
a los demás pieles rojas. Se trata de algo absurdo, porque
siempre llega un momento en que se descubre la farsa; pero mientras
tanto para algo debe de servir el truco, a la vista de la contumacia
con que se ha usado en la historia de los avances humanos.
La red mundial informática y los nuevos
caminos comerciales de los ordenadores han dividido el mundo entre
profesores y alumnos de una nueva ciencia. Y, como siempre, el lenguaje
se convierte en un instrumento de poder. Los alumnos deben aprenderlo
por que así alguien se ocupa de enseñarlo.
En cambio, la gente sufrirá incomunicaciones,
pereza ante el nuevo mundo que se les abre, rechazo tal vez ya definitivo
frente a las nuevas técnicas. Y la belleza de nuestro idioma
sucumbirá a menudo ante la frivolidad de los ladrones de
palabras, deslumbrados por cualquier expresión inglesa como
los pieles rojas se deslumbraban por las invocaciones a Manitú.
Para nuestro lenguaje resultaría muy extraño
que un vaso de la cocina cambiara de nombre si lo trasladáramos
al cuarto de baño. El concepto vaso sería el mismo,
y por tanto la palabra también. O que una letra de nuestra
caligrafía personal obtuviera cualquier otra denominación
si fuera reproducida por una máquina de escribir. Ó
sea: la letra ce si la escribimos a mano y la letra
ec si está mecanografiada, por ejemplo. De hecho,
entre la pluma que uso Cervantes y la que empleo el Rey para firmar
la Constitución se notan muchas diferencias tecnológicas,
pero ambas responden a la misma palabra base (por mas que en la
segunda no hubiera resto de ave).
En cambio, en el lenguaje informático está
ocurriendo todo lo contrario. Así, lo que en cualquier otro
aspecto del mundo se llama orden pasa a la informática
en calidad de Comando; lo que en otra actividad humana
consiste en copiar, aquí lo llamamos bajar
(casi siempre con calcos del inglés y sin la lógica
del español; porque a lo que correspondería subir
lo llamamos cargar). El correo y las carta del mundo
real se convierten aquí en un e-mail; a charlar
le dicen chatear; linkar a enlazar; al
enchufe que nos permite a los españoles usar en América
nuestra máquina de afeitar le llamamos adaptador, pero en
informática al aparato que cumple igual misión se
le llama módem (modulador- demulador); a estar conectado
le sustituye estar on line, a un conjunto de páginas
lo llamamos sitio ( ¿Y por qué no cuaderno?),
y lo que en la guerra sería una contraseña y en la
paz una clave aquí se llama password. Esto es,
las palabras de la cocina no nos sirven en el comedor.
Pero en este último terreno no hace falta
preocuparse demasiado. La historia del idioma castellano demuestra
que al final el lenguaje se defiende de las triquiñuelas
que emplea esa minoría que se cree superior.
Hubo un día en que el fútbol fue
nuevo y sus iniciados hablaron del referee para designar
al señor del silbato que luego se llamaría árbitro,
precisamente lo que era. Y escribieron offside, un término
que, en efecto, acabaría quedando en fuera de juego y corner,
que resultó ser un saque de esquina. El idioma español
también ha sustituido hacer auto stop por hacer
dedo, baby-sitter por canguro,
skins por rapados, fingers del aeropuerto
por mangueras....
A menudo el genio del castellano -ese espíritu
interno que anima nuestro lenguaje- rebusca en su propio diccionario
para aportar palabras antiguas que coinciden en esencia con los
conceptos nuevos. La voz azafata, por ejemplo, existía ya
hace siglos: era la criada de la reina que le recogía la
ropa en el azafate (o bandeja), raíz que dio nombre también
a las azafatas y los azafatos de los aviones. La lanzadera espacial
tomó su denominación de los antiguos telares, la vieja
red del pescador describe hoy la inmensa telaraña informática.
Pero, generalmente, los expertos en ordenadores y programas conocen
pocas palabras en castellano. Y prefieren escudarse en que tal o
cual término no tiene traducción , como la zorra que
no alcanza las uvas pretexta que están verdes. Así,
durante un tiempo empobrecemos nuestra lengua y levantamos barreras
entre los sabios y quienes aspiran a alcanzar su sabiduría.
Sin embargo, nuestro idioma, -que es más
inteligente que cada uno de nosotros, puesto que lo hemos formado
entre todos y durante muchos años- no conoce barreras, y
solo necesita un poco de tiempo para hacerse entender. Ya se verá.
Mientras tanto, eso sí, los hechiceros de la tribu seguirán
creyéndose muy listos.
Publicado en el Anuario de 1998
del Diario El País
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Alex
Grijelmo
Burgos, 1956
Periodista.
Se inició profesionalmente en el diario La
Voz de Castilla, de Burgos, de donde pasó a la agencia Europa
Press en 1977.
En 1983 se incorporó a la redacción
del diario El País. En la que ha desempeñado diversos
cometidos, entre ellos las jefaturas de sección de Sociedad
y Deportes.
Es profesor de Redacción de los cursos de Periodismo
de la Universidad Autónoma de Madrid / El País.
La carrera profesional de Alex Grijelmo, ha estado
marcada por su preocupación por la correcta utilización
del idioma en los medios de comunicación.
Es autor del libro de estilo de El País, el
primer periódico español que se dotaba de esta herramienta
para unificar su lenguaje y sus criterios de redacción. Este
interés se ha plasmado en dos libros: El estilo del periodista,
Taurus, 1997 y Defensa apasionada del idioma español
, Taurus, 1998.
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