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Artículo
premiado
85 palabras
El redactor jefe se mostró tajante respecto a la extensión:
los artículos no podían superar bajo ningún
concepto las 85 palabras. En principio le pareció injusto
que todas las palabras contaran igual, lo mismo un nombre que un
adjetivo, cosas que, evidentemente, no tienen ni comparación,
o las conjunciones copulativas, por ejemplo, que no debería
prácticamente ni contar. Tampoco tenía sentido meter
en el mismo saco los monosílabos -sí, no, de, con-
y las palabras largas que ocupan, es evidente, mucho más
sitio: geoestratégico, o esternocleidomastoideo. Aunque,
sinceramente, ustedes me contarán qué se puede escribir
con eso.
De todos modos tampoco tenía muy claro
lo que podían dar de sí 85 palabras. Así que
cuando llegó a casa empezó a buscar cosas que le permitieran
contarlas. Comprobó en los periódicos atrasados que
un titular medio ronda la decena de palabras, muchas de las cuales
se repiten días tras día: gobierno, denuncia, empresa,
dimisión, pacto y barones. Una invitación
de boda le permitió contar 23 palabras -hijos, casarse y
abril, entre otras- y el prospecto de la medicina que su médico
acababa de recetarle, 73. Algunas tan llamativas como psicofísico
o intolerancia.
Contar palabras, ahorrarlas, acopiarlas, se convirtió
en una obsesión. Intentaba, por todos los medios, reducir
el mundo, su ciudad, la vida misma a esas 85 palabras que le imponía
el hueco de su columna. Así, consiguió que le sirvieran
el desayuno con sólo dos palabras: café y cruasán,
e incluso algunos días conseguía ahorrarse una palabras
prescindiendo de la bollería.
Su cicatería con las palabras le llevó
a convertirse en un tipo hosco y maleducado, y en las tiendas del
barrio, en el portal de su casa, en la farmacia comenzaron a mirarle
con recelo. Es cierto que no respondía a los saludos - tres
palabras-, nunca pedía las cosas por favor -dos palabras-,
ni daba las gracias - una palabra-. Se dio cuenta de que la cortesía
constituía una gastina de expresiones superfluas que, en
ningún caso, podía permitirse. La cortesía
y las conversaciones intranscendentes: ¿cómo está
usted?, ¿qué tal su marido?, ¡qué calor
hace! Si había 85 palabras había que ser, desde luego,
selectivo. No mucho tiempo después consiguió que prácticamente
nadie hablara con él. Lo cual le permitió ahorrar
un número impensable de palabras. Había días
que conseguía no pronunciar ninguna, se entendía con
gestos, o señalando con el dedo las cosas que quería.
Por la noche, eso sí, se miraba en casa en el espejo y movía
los labios, en silencio. Decía para sus adentros Buenos
días y Gracias, muy amable, y Hasta
otro día, señora. Decía, sin pronunciarlas,
Por favor, póngame dos tomates o Parece
que va a llover. Decía te quiero y alcachofa,
picante y mar. Y sentía nostalgia
de ese tiempo en que había palabras para todo.
Y un día, su redactor jefe, conocedor de
cuanto le ocurría, se apiado de él. Le llamó
a su despacho y pasándole el brazo por encima del hombro
le dijo que sus problemas habían terminado. Que a partir
de la semana siguiente sus artículos podían tener
90 palabras.
Publicado en La tribuna de Canarias,
el 2 de Julio de 1999.
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Jesús
Marchamalo García
Madrid 1960
Periodista, escritor y
profesor universitario.
Inició su carrera profesional en el diario
Pueblo, en 1982. Desde entonces ha colaborado de manera asidua
en periódicos y revistas como Informaciones, Diario
16, Villa de Madrid o Cómplice.
Ha trabajado más de una década en el
Area de Programas de Radio Nacional de España, como presentador
y director de programas: Noches de Alanda, Del laberinto
al 30, Noches como ésta y Mañana será
otro día, entre otros.
En televisión ha sido guionista en diversos
programas: Vaya nochecita (Tele 5), Empléate a
fondo (TVE-1), Oxígeno (TVE-1) y presentador de
Cajón desastre y La tarde, ambos en TVE-1.
Fue subdirector del espacio Sólo para mujeres,
(TVE-1) y redactor jefe del programa Hablando con Gemma,
en Telemadrid.
Desde 1990 compagina la actividad profesional con
la docencia. Ha sido profesor del Máster de RNE y coordinador
de los cursos de Postgrado del Instituto de la Comunicación
Radiofónica de la Universidad Complutense.
En la actualidad es presentador y guionista del programa
Al habla, (La 2), e imparte técnicas de realización
radiofónica en el Colegio Universitario Francisco de Vitoria.
Acaba de publicar el libro La tienda de las palabras (Siruela).
Otras obras son: Manual ilustrado de copia y chuletaje, Técnicas
de comunicación en radio, La venganza, el placer de
la justicia salvaje y Bocadillos de delfín. Colaborador
habitual del diario La tribuna de Canarias.
En 1989 recibió el Premio Icaro, otorgado por
el Grupo 16. Comprometido con la denominada radio creativa,
ha representado a Radio Nacional de España en diversos certámenes
internacionales
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