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Premio “MIGUEL DELIBES” 1999

     

ACTA DEL JURADO DEL PREMIO NACIONAL DE PERIODISMO “MIGUEL DELIBES”, 1999.

marchamalo2En Valladolid, a las 19,00 horas del día 20 de diciembre de 1999, se reúne, previa convocatoria de su Presidente, el Jurado del Premio Miguel Delibes, instituido y convocado por la Asociación de la Prensa de Valladolid (A.P.V.) y patrocinado por Caja España, cuyas bases fueron aprobadas por la Asamblea General de la A.P.V. de 22 de enero de 1996 y presentadas públicamente el 12 de abril del mismo año.

Forman parte del Jurado, (nombrado por la junta Directiva de la A.P.V., según lo estipulado en el punto décimo de las bases, en su reunión del 18 de noviembre de 1996), el Presidente de la A.P.V, D. Luis Carmelo Rincón Miranda, quien actúa como Presidente del mismo; D. Manuel Seco Reymundo; D» Ángeles Caso Machicado; D. Santiago de los Mozos Mocha; D. Ramón García Domínguez y D. Álex Grijelmo García. Como secretario de actas, con voz pero sin voto, actúa D. Francisco V. Alcántara, secretario general de la Asociación de la Prensa de Valladolid.maarchamalo1

El Jurado, tras deliberar sobre los trabajos presentados, tanto de los candidatos al Premio que concurren por propia iniciativa, como los presentados en la reunión por los miembros del Jurado, al amparo del punto undécimo de las bases, decide conceder el Premio Nacional de Periodismo Miguel Delibes, en su cuarta edición, por mayoría de sus miembros, a D. Jesús Marchamalo, por su artículo
“85 palabras”, publicado en La tribuna de Canarias, el 2 de Julio de 1999, por su agudeza de estilo al reflejar los conflictos del periodista en el cuidado del idioma.

 

Valladolid, 20 de diciembre de 1999.

 

   

Artículo premiado
85 palabras

El redactor jefe se mostró tajante respecto a la extensión: los artículos no podían superar bajo ningún concepto las 85 palabras. En principio le pareció injusto que todas las palabras contaran igual, lo mismo un nombre que un adjetivo, cosas que, evidentemente, no tienen ni comparación, o las conjunciones copulativas, por ejemplo, que no debería prácticamente ni contar. Tampoco tenía sentido meter en el mismo saco los monosílabos -sí, no, de, con- y las palabras largas que ocupan, es evidente, mucho más sitio: geoestratégico, o esternocleidomastoideo. Aunque, sinceramente, ustedes me contarán qué se puede escribir con eso.

De todos modos tampoco tenía muy claro lo que podían dar de sí 85 palabras. Así que cuando llegó a casa empezó a buscar cosas que le permitieran contarlas. Comprobó en los periódicos atrasados que un titular medio ronda la decena de palabras, muchas de las cuales se repiten días tras día: gobierno, denuncia, empresa, dimisión, pacto y “barones”. Una invitación de boda le permitió contar 23 palabras -hijos, casarse y abril, entre otras- y el prospecto de la medicina que su médico acababa de recetarle, 73. Algunas tan llamativas como psicofísico o intolerancia.

Contar palabras, ahorrarlas, acopiarlas, se convirtió en una obsesión. Intentaba, por todos los medios, reducir el mundo, su ciudad, la vida misma a esas 85 palabras que le imponía el hueco de su columna. Así, consiguió que le sirvieran el desayuno con sólo dos palabras: “café y cruasán”, e incluso algunos días conseguía ahorrarse una palabras prescindiendo de la bollería.

Su cicatería con las palabras le llevó a convertirse en un tipo hosco y maleducado, y en las tiendas del barrio, en el portal de su casa, en la farmacia comenzaron a mirarle con recelo. Es cierto que no respondía a los saludos - tres palabras-, nunca pedía las cosas por favor -dos palabras-, ni daba las gracias - una palabra-. Se dio cuenta de que la cortesía constituía una gastina de expresiones superfluas que, en ningún caso, podía permitirse. La cortesía y las conversaciones intranscendentes: ¿cómo está usted?, ¿qué tal su marido?, ¡qué calor hace! Si había 85 palabras había que ser, desde luego, selectivo. No mucho tiempo después consiguió que prácticamente nadie hablara con él. Lo cual le permitió ahorrar un número impensable de palabras. Había días que conseguía no pronunciar ninguna, se entendía con gestos, o señalando con el dedo las cosas que quería. Por la noche, eso sí, se miraba en casa en el espejo y movía los labios, en silencio. Decía para sus adentros “Buenos días” y “Gracias, muy amable”, y “Hasta otro día, señora”. Decía, sin pronunciarlas, “Por favor, póngame dos tomates” o “ “Parece que va a llover”. Decía “te quiero” y “alcachofa”, “picante” y “mar”. Y sentía nostalgia de ese tiempo en que había palabras para todo.

Y un día, su redactor jefe, conocedor de cuanto le ocurría, se apiado de él. Le llamó a su despacho y pasándole el brazo por encima del hombro le dijo que sus problemas habían terminado. Que a partir de la semana siguiente sus artículos podían tener 90 palabras.

Publicado en La tribuna de Canarias, el 2 de Julio de 1999.

MarchamaloJesús Marchamalo García
Madrid 1960
Periodista, escritor y profesor universitario.

Inició su carrera profesional en el diario Pueblo, en 1982. Desde entonces ha colaborado de manera asidua en periódicos y revistas como Informaciones, Diario 16, Villa de Madrid o Cómplice.

Ha trabajado más de una década en el Area de Programas de Radio Nacional de España, como presentador y director de programas: Noches de Alanda, Del laberinto al 30, Noches como ésta y Mañana será otro día, entre otros.

En televisión ha sido guionista en diversos programas: Vaya nochecita (Tele 5), Empléate a fondo (TVE-1), Oxígeno (TVE-1) y presentador de Cajón desastre y La tarde, ambos en TVE-1.

Fue subdirector del espacio Sólo para mujeres, (TVE-1) y redactor jefe del programa Hablando con Gemma, en Telemadrid.

Desde 1990 compagina la actividad profesional con la docencia. Ha sido profesor del Máster de RNE y coordinador de los cursos de Postgrado del Instituto de la Comunicación Radiofónica de la Universidad Complutense.

En la actualidad es presentador y guionista del programa Al habla, (La 2), e imparte técnicas de realización radiofónica en el Colegio Universitario Francisco de Vitoria. Acaba de publicar el libro La tienda de las palabras (Siruela). Otras obras son: Manual ilustrado de copia y chuletaje, Técnicas de comunicación en radio, La venganza, el placer de la justicia salvaje y Bocadillos de delfín. Colaborador habitual del diario La tribuna de Canarias.

En 1989 recibió el Premio Icaro, otorgado por el Grupo 16. Comprometido con la denominada “radio creativa”, ha representado a Radio Nacional de España en diversos certámenes internacionales