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Premio “MIGUEL DELIBES”, 2001

     

 

ACTA DEL JURADO DEL PREMIO NACIONAL DE PERIODISMO “MIGUEL DELIBES”, 2001.

En Valladolid, a las 17,00 horas del 12 de diciembre de 2001, se reúnen, previa convocatoria de su presidente, el jurado del Premio Nacional de Periodismo Miguel Delibes, instituido y convocado por la Asociación de la Prensa de Valladolid (APV) y patrocinado por Caja España, cuyas bases fueron aprobadas por la Asamblea General de la APV del 22 de enero de 1996 y presentadas públicamente el 12 de abril del mismo año.

Forman parte del Jurado el Presidente de la APV, D. Luis Carmelo Rincón Miranda, quien actúa como Presidente del mismo; D. Luis Santos, Decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Valladolid; D. Alberto Gómez Font, responsable del Departamento de El Español Urgente de la Agencia EFE; D. Félix Iglesias, responsable de la Sección de Cultura del diario ABC en su edición para Castilla y León y D. José Jiménez Lozano, como premiado en la anterior edición. Como secretario de actas, con voz pero sin voto, actúa D. Francisco V. Alcántara Martínez, Secretario General de la APV.

El Jurado, tras deliberar sobre los trabajos presentados, tanto por los candidatos al premio que concurren por iniciativa propia como los presentados en la reunión por los miembros del Jurado, al amparo del punto undécimo de las bases, decide conceder, por mayoría, el Premio Nacional de Periodismo Miguel Delibes 2001 a D. Carlos Luis Álvarez “Cándido”, por su artículo “De la lengua española” publicado en el diario ABC del día 29 de octubre de 2001, por su equilibro entre tradición e innovación. Tradición de una magnífica prosa, arropada por una argumentación densa y fundamentada, y modernidad en su tolerancia y postura equilibrada. El jurado hace suya la frase del propio autor: “No soy un racista de la lengua, sino un miedoso de la jerigonza”.

 

Valladolid, 12 de Diciembre de 2001

   

Artículo premiado
De la lengua española

En la inauguración del II Congreso Internacional de la Lengua Española celebrado recientemente en Valladolid, donde, dicho sea de paso, es costumbre popular anteponer el pronombre al verbo -"me dé un kilo de patatas"- Camilo José Cela se quejó de que el latín se hubiera perdido como lengua franca europea.

No es una queja baladí o puramente intelectual. En la primera mitad del siglo XIX Schopenhauer vino a decir que aquellos que no entienden el latín se parecen a quienes están en medio de un bello paisaje con el tiempo nublado, ven con claridad las cosas cercanas, pero un paso más allá se pierden en lo impreciso.

La lengua española es hija del latín, nieta del griego y bisnieta del sánscrito. No digo que haya que aprender todo eso, pero tampoco darlo por muerto y enterrado, pues sería conciencia rechazada. Y es que llamar lengua muerta al latín, cuando la nuestra está saturada de su ser, del que partió como la más poderosa de las lenguas romances, es como llamar muerto al gótico y echar abajo las catedrales. Está muerto el mundo en que hablaron y escribieron Virgilio, Horacio, Terencio, Ovidio, Marcial, pero cómo hablaron y escribieron cargó de precisión y de belleza nuestra lengua. Durante una época histórica larga los humanistas españoles escribieron cientos de libros en latín -"si no siempre entendidos, siempre abiertos", dice Quevedo- como la mejor forma de comprometerse con la realidad vital de su tiempo. Si a buena hora y desde los órganos rectores de las comunidades europeas se hubiera conformado una enseñanza seria del latín, que resultaría estúpido comparar con el volapuk o el esperanto, tendríamos hoy un vínculo de comunicación neutral que por lo menos nos ahorraría el cotorreo heterogéneo de las traducciones simultáneas en los saraos burocráticos de la Unión, entre otros pormenores.

No obstante la idolatría del presente, que es el rasgo definitorio de la cultura de masas, hace que el individuo arroje de sí todos los valores que no son realizables inmediatamente. El resto son fantasmas. La guitarra eléctrica sustituyendo al órgano en las catedrales, el "digest" amable y simplificador en vez de la obra numerosa, matizada y difícil, el flamenco andaluz desmedulado hasta la españolada para que guste en Nueva York, la hamburguesa "standarizando" el paladar de millones de personas, son pruebas de que el descenso es constante y seguro, precisamente por los canales de producción.

La Academia es hoy un canal de producción de lengua de la que se apartan y entierran los residuos del latín, como si fuesen residuos radiactivos. Y la producción "crea" al consumidor, el cual no responde, sólo reacciona mediante signos paulovianos. Con el gran montón de vocablos que los vocabulistas de la Academia han echado ahora al Diccionario siguen, efectivamente, al consumidor, pero también lo crean.

No tengo la menor intención de entrar en disquisiciones filológicas que siempre serían vagas y se me acabarían pronto, pero sí quiero decir que el mestizaje, que refuerza el hecho lingüístico tanto como el biológico, puede deslizarse hacia la amalgama más que hacia la aleación. No soy un racista de la lengua, sino un miedoso de la jerigonza. Conozco las aportaciones valiosas de las germanías y su genialidad expresiva en muchos casos, pero aun contando con el rigor selectivo de la Academia podemos acabar hablando en dirección contraria al genio de nuestra lengua, y entonces "eso" será también la lengua. Que la lengua española o castellana hablada ha perdido calidad, que el promedio de su potencia activa se ha rebajado, es un hecho palmario. Para empezar ha perdido capacidad de matiz, subjetividad, precisión, sensibilidad, estilo y magia, y quizá eso la haga más rentable al poder ser sometida más fácilmente a la praxis del ordenador, que liquida la autoexpresión al rechazar la diferencia y no permitir siquiera un instante de gracia. Y el rebelde de Huxley contra el lenguaje de la manada informatizada, aquel "salvaje" que sólo hablaba con parlamentos de Shakespeare, también se rendirá.

Publicado en el diario ABC el 29 de Octubre de 2001

Carlos Luis Alvarez, Cándido
Oviedo, 1928
Periodista
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Comenzó su carrera periodística en 1956 en el diario madrileño ABC y colaboró también en los diarios Arriba y Pueblo. Fue subdirector de la revista Indice entre 1969 y 1970. Dirigió la última etapa de La Codorniz hasta su cierre en 1978 y formó parte del grupo creador de Hermano Lobo. En diciembre de 1982 fue nombrado jefe del Gabinete y Relaciones Externas de RTVE, cargo del que dimitió en abril de 1983. Fue asesor de Presidencia del Grupo Zeta y en la actualidad lo es de Prensa Española. Fue consejero de la Agencia EFE y lo es electo de Telemadrid.
Preside la sección española de la Asociación de Periodistas Europeos. Está en posesión de los premios más reconocidos del periodismo español, como el González-Ruano, el "Luca de Tena" (1961) y el Mariano de Cavia (1976). Periodista del Año en 1968, Premio Foro Teatral a la mejor labor crítica (1973) además de haber recibido el Premio Europeo de Periodismo concedido por la Asociación Internacional de Periodistas Europeos, por la defensa de los valores que constituyen los pilares de la integración europea. En diciembre de 1995 presentó su libro "Memorias prohibidas", que refleja los últimos cuarenta años de su vida como periodista. Otras obras son “Un periodista en la dictadura”, “De ayer a hoy”, “La sangre de la rosa” y “Pecado escarlata”.
En la actualidad es columnista del diario ABC.