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Artículo premiado
De la lengua española
En la inauguración del II Congreso Internacional
de la Lengua Española celebrado recientemente en Valladolid,
donde, dicho sea de paso, es costumbre popular anteponer el pronombre
al verbo -"me dé un kilo de patatas"- Camilo José
Cela se quejó de que el latín se hubiera perdido como
lengua franca europea.
No es una queja baladí o puramente intelectual.
En la primera mitad del siglo XIX Schopenhauer vino a decir que
aquellos que no entienden el latín se parecen a quienes están
en medio de un bello paisaje con el tiempo nublado, ven con claridad
las cosas cercanas, pero un paso más allá se pierden
en lo impreciso.
La lengua española es hija del latín,
nieta del griego y bisnieta del sánscrito. No digo que haya
que aprender todo eso, pero tampoco darlo por muerto y enterrado,
pues sería conciencia rechazada. Y es que llamar lengua muerta
al latín, cuando la nuestra está saturada de su ser,
del que partió como la más poderosa de las lenguas
romances, es como llamar muerto al gótico y echar abajo las
catedrales. Está muerto el mundo en que hablaron y escribieron
Virgilio, Horacio, Terencio, Ovidio, Marcial, pero cómo hablaron
y escribieron cargó de precisión y de belleza nuestra
lengua. Durante una época histórica larga los humanistas
españoles escribieron cientos de libros en latín -"si
no siempre entendidos, siempre abiertos", dice Quevedo- como
la mejor forma de comprometerse con la realidad vital de su tiempo.
Si a buena hora y desde los órganos rectores de las comunidades
europeas se hubiera conformado una enseñanza seria del latín,
que resultaría estúpido comparar con el volapuk o
el esperanto, tendríamos hoy un vínculo de comunicación
neutral que por lo menos nos ahorraría el cotorreo heterogéneo
de las traducciones simultáneas en los saraos burocráticos
de la Unión, entre otros pormenores.
No obstante la idolatría del presente,
que es el rasgo definitorio de la cultura de masas, hace que el
individuo arroje de sí todos los valores que no son realizables
inmediatamente. El resto son fantasmas. La guitarra eléctrica
sustituyendo al órgano en las catedrales, el "digest"
amable y simplificador en vez de la obra numerosa, matizada y difícil,
el flamenco andaluz desmedulado hasta la españolada para
que guste en Nueva York, la hamburguesa "standarizando"
el paladar de millones de personas, son pruebas de que el descenso
es constante y seguro, precisamente por los canales de producción.
La Academia es hoy un canal de producción
de lengua de la que se apartan y entierran los residuos del latín,
como si fuesen residuos radiactivos. Y la producción "crea"
al consumidor, el cual no responde, sólo reacciona mediante
signos paulovianos. Con el gran montón de vocablos que los
vocabulistas de la Academia han echado ahora al Diccionario siguen,
efectivamente, al consumidor, pero también lo crean.
No tengo la menor intención de entrar en
disquisiciones filológicas que siempre serían vagas
y se me acabarían pronto, pero sí quiero decir que
el mestizaje, que refuerza el hecho lingüístico tanto
como el biológico, puede deslizarse hacia la amalgama más
que hacia la aleación. No soy un racista de la lengua, sino
un miedoso de la jerigonza. Conozco las aportaciones valiosas de
las germanías y su genialidad expresiva en muchos casos,
pero aun contando con el rigor selectivo de la Academia podemos
acabar hablando en dirección contraria al genio de nuestra
lengua, y entonces "eso" será también la
lengua. Que la lengua española o castellana hablada ha perdido
calidad, que el promedio de su potencia activa se ha rebajado, es
un hecho palmario. Para empezar ha perdido capacidad de matiz, subjetividad,
precisión, sensibilidad, estilo y magia, y quizá eso
la haga más rentable al poder ser sometida más fácilmente
a la praxis del ordenador, que liquida la autoexpresión al
rechazar la diferencia y no permitir siquiera un instante de gracia.
Y el rebelde de Huxley contra el lenguaje de la manada informatizada,
aquel "salvaje" que sólo hablaba con parlamentos
de Shakespeare, también se rendirá.
Publicado en el diario ABC el
29 de Octubre de 2001
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Carlos
Luis Alvarez, Cándido
Oviedo, 1928
Periodista.
Comenzó su carrera periodística en
1956 en el diario madrileño ABC y colaboró también
en los diarios Arriba y Pueblo. Fue subdirector de la revista Indice
entre 1969 y 1970. Dirigió la última etapa de La Codorniz
hasta su cierre en 1978 y formó parte del grupo creador de
Hermano Lobo. En diciembre de 1982 fue nombrado jefe del Gabinete
y Relaciones Externas de RTVE, cargo del que dimitió en abril
de 1983. Fue asesor de Presidencia del Grupo Zeta y en la actualidad
lo es de Prensa Española. Fue consejero de la Agencia EFE
y lo es electo de Telemadrid.
Preside la sección española de la Asociación
de Periodistas Europeos. Está en posesión de los premios
más reconocidos del periodismo español, como el González-Ruano,
el "Luca de Tena" (1961) y el Mariano de Cavia (1976).
Periodista del Año en 1968, Premio Foro Teatral a la mejor
labor crítica (1973) además de haber recibido el Premio
Europeo de Periodismo concedido por la Asociación Internacional
de Periodistas Europeos, por la defensa de los valores que constituyen
los pilares de la integración europea. En diciembre de 1995
presentó su libro "Memorias prohibidas", que refleja
los últimos cuarenta años de su vida como periodista.
Otras obras son Un periodista en la dictadura, De
ayer a hoy, La sangre de la rosa y Pecado
escarlata.
En la actualidad es columnista del diario ABC.
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