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El oficio de oír llover,
de Javier Marías
Algo raro esta pasando con el hablar, el oír, el
escuchar y el decir, pensé (tan raro que me llevara dos
domingos intentar mirarlo). Había grabado las noticias para
verlas mas tarde, así que pude rebobinar y comprobar que
no me había engañado. Es un ejemplo entre mil; me
fije en este. El nuevo portavoz del gobierno, señor Zaplana,
casi se estrenaba en el cargo y daba una rueda de prensa. Era el
día en que Sharon había ordenado desahuciar a Arafat,
y centenares de palestinos habían empezado a concentrarse
junto a la chabola de éste, para arroparlo. A Zaplana se le pregunto
por la postura del Gobierno al respecto, y respondió lo
que sigue, tal cual: "Bien, el Gobierno, lo que piensa en
ejtos momentos, ej que la situación requiere, medidas que
contribuyan a disminuir la tensión, no?, y no a incrementarla".
Y aún tuvo el valor de apostillar: "Y con eso yo creo,
puej que le digo, de forma mas o menos clara, cual ej la posición
del Gobierno en ejtos momentos, no?" (Si me permito reproducir
la atrocidad fonética es porque no se debía a acento
de región alguna -ninguno es mejor que otro y todos son
respetables-, sino a una mala dicción
injustificable en quien tiene estudios y es Ministro.)
Habría allí una veintena de periodistas, y ninguno
fue capaz de intervenir y decirle: "Pues no, no nos la ha
dicho, ni mas clara ni menos clara. En realidad no ha dicho nada
de nada. Lo que usted ha soltado es el vacío mas absoluto,
y lo único claro es, por tanto, que el Gobierno no tendrá ni
puta idea hasta que Colin Powell le de un as ordenes a su esclava
libre. La verdad es que no se ni para que le preguntamos".
Si, algo
muy raro pasa para que un portavoz y Ministro responda como un
merluzo y ninguno de los presentes le insista ni le proteste. Hasta
los que daban la noticia -no TVE, sino la CNN+, cada día
mas en Babia- se tragaron esa contestación como si fuera
algo normal, o como si la hubiera habido: "Eduardo Zaplana
ha explicado...", se limitaron a anunciar. ¿Cómo
que ha explicado? No daba crédito, y pensé que
algo ocurría. No me bastaba saber que los políticos
hablan casi siempre en hueco, ni que la mayoría de los periodistas
los oyen como quien oye llover, hartos de que aquellos formulen
tan solo sandeces, vacuidades y desfachateces. No, pensé,
algo mas grave y general sucede con el hablar para que a este
portavoz flamante se le tolere semejante respuesta y nadie rechiste
en la sala ni se escandalice luego en las redacciones.
Quizá responda a algo mas hondo: a la ya larga costumbre,
desarrollada por el grueso de la población, de no escuchar
casi nunca nada a nadie; y eso obedece a su vez a que cada día
es mas la gente que habla y habla sin parar; de manera compulsiva,
enfermiza, sobre todo por teléfono. O que mas bien emite
sonido con apariencia de sentido, pero sin interés ni contenido
real alguno. Nunca se exagerara lo bastante el daño
que los teléfonos móviles han infligido al hablar
y al pensar: Hasta hace unos pocos anos, había ratos del
día en que la gente iba en silencio y mas o menos pensando
en sus cosas. Si bien se mira, no eran escasos. Se iba callado
en el metro, en el autobús y en muchos taxis, y desde luego
al caminar por la calle; podía no articularse palabra durante
trayectos de tren enteros, en los aeropuertos, en las estaciones,
en el bar o en el restaurante si estaba uno solo en ellos; en los
toros, en el fútbol, en el cine y en el teatro y de noche
en las discotecas; mientras se hacia cola en el banco o en el mercado,
mientras se iba de compras; cuando se estaba en el cuarto de baño
y cuando se trabajaba. A poco que uno haga recuento, vera de cuantísimas
ocasiones disponíamos para pensar en lo nuestro o en las
musarañas, que es una de las modalidades mas fertiles de
pensamiento. O para no hablar, simplemente. Y ademas, cuando se
hablaba en persona -evito el tiempo presente porque ya no es así,
a menudo, había pausas, vacilaciones, lentitud a veces,
comentarios aislados y hasta breves cavilaciones. EI teléfono
no permite nada de eso. Si alguien hace una pausa con un auricular
al oído, su interlocutor no tardara dos segundo en regañarlo,
¿Oye, ¿estas
ahí? ¿Se ha cortado? ¿Que no me has oído
lo que te he dicho?" La función inicial del teléfono
era, en efecto, la de utilizarlo para decir algo: dar una información
o un recado, hacer una pregunta o consulta. establecer una cita
o avisar de lo mas urgente. No cabía en la
cabeza descolgar el aparato y marcar para no llenar el tiempo de
la comunicación de cabo a rabo, y llenarlo además
lo mas posible y con prisa, ya que cada minuto nos era cobrado
caro. Es mas, lo que imponía y marcaba el fin de la comunicación
era que lo que hubiera de decirse se hubiera ya dicho. No tenia
el menor sentido prolongarla, ni buscar cosas superfluas para
llenar un tiempo y pagar un dinero de los que en realidad carecimos.
El Pals Semanal. 28 de septiembre, 2003 Locuacidades
Ensimismadas
(Continuación del pasado domingo)
Ahora es todo lo contrario. La progresiva infantilización
de nuestra sociedad se ha visto coronada por los teléfonos
portátiles, que permiten satisfacer la impaciencia par contarle
o preguntarle algo a alguien, o ni siquiera: por sentirse acompañado,
a costa de darle a otro la tabarra. Antes solía haber un
periodo de espera -por lo menos hasta encontrar una cabina o llegar
a casa- entre el momento en que a uno se le ocurría llamar
y el de hacerlo efectivamente. Esas dilaciones no eran nada desdeñables;
en el peor de los casos, servían para decidir mentalmente
que o cuanto iba a decirse, a veces para preparar la formulación,
o perfeccionarla; en el mejor, para descartar la llamada y ahorrársela
sobre todo al otro. Daba tiempo a pensárselo un poco, a
echarse atrás del primerísimo impulso, a ponderar
si era o no bueno poner a nadie al tanto de lo que acababa de pensarse
o saberse, si en verdad le interesaba a uno que alguien mas estuviera
enterado. Por así decir, a la discreción se
le daban oportunidades. También a la selección de
las informaciones, a la capacidad de secreto, ala consideración
de ir a causar mas perjuicio que beneficio con la revelación
instantánea de un hecho o de unas palabras.
No hace falta añadir que no poseo móvil ni lo poseeré jamás,
pero estoy harto de ver a mi alrededor a personas que viven
esclavizadas por el o que esclavizan con el o ambas cosas (lo mas
frecuente). Porque lo que este invento ha instigado es la propagación
de lo que se conocía antiguamente como "incontinencia
verbal". La expresión ya apenas se usa, y la razón
es muy simple: no se puede ya ver como anómalo lo que aqueja
a la mayoría. Y eso es lo malo: empieza a percibirse
como normal que cualquier tirano llame a cualquier sojuzgado en
cualesquiera momento y lugar para soltarle las tres chuminadas
o mas bien trescientas que se le hayan pasado por la cabeza, o
sencillamente "para charlar". Y si la persona Llamada
no responde, la solicitación del que llama queda siempre
registrada y nunca se pierde en el añorado limbo de lo incumplido
y lo no sabido, de tal manera que cada impositivo timbrazo deja
su huella e incrementa una especie de deuda agobiante: "Tengo
que devolver un montón de llamadas", es la desesperada
frase que oigo a mis amistades cuando miran sus móviles
tras haberlos desconectado un rato. Esta inmediatez, esta
facilidad para contar y decir, esta incontinencia general y esta
constancia de las tentativas fallidas han propiciado un abaratamiento
y una trivialización del hablar y del escuchar como nunca
se habían dado. Puesto que la cháchara es continua
y omnipresente, crece la tendencia a no otorgar la menor importancia
a lo que se dice ni a lo que se oye. En parte como defensa
ante el imparable aluvión de voces, hay mucha gente que
ha optado por no prestarles atención en ningún caso,
y tal vez eso explique lo ocurrido con el portavoz del Gobierno
y los periodistas, que comente hace una semana, o lo que hoy sucede
por norma con las declaraciones de los políticos. Estos
se sienten cada vez mas impunes para sostener una opinión
un día y la contraria al siguiente; para negar que dijeron
lo que dijeron, aunque este grabado; para calumniar o insultar
y no hacerse responsables luego de sus falacias ni de sus agravios.
Se tiene la sensación de que las palabras no cuentan, de
que todas carecen de gravedad y peso y aun de sentido. No es ya
que se las lleve el viento, según la inmemorial expresión,
sino que se difuminan en el aire solas, nada mas salir de las bocas,
sin necesidad de la mas leve brisa.
De la misma forma que ver la televisión ha influido en
la manera de ver el cine en las salas (donde hoy se habla y se
come como si se estuviera en casa), el desaforado hablar telefónico
ha contagiado al otro, al personal. Como si se hubiera extendido
la obligación de llenar de principio a fin el tiempo de
las comunicaciones, yo veo a cada vez mas personas instaladas en
una verborrea malsana, individuos que no pueden hacer ni una pausa,
y que antes le repetirán a uno diez veces las mismas observaciones
y anécdotas que abandonar un solo instante el uso de la
palabra. Lo he probado todo para intentar frenarlas o contrarrestarlas,
a estas maquinas de locuacidad que van en increíble aumento.
He permanecido callado mas allá de la cortesía, por
ver si echaban de menos una respuesta; he tratado de intrigarlas
con el breve anuncio de algo interesante que contar por mi
parte; he procurado meter baza, apropiarme de la palabra unos segundos;
les he hecho desconcertantes preguntas para cortarles el ensimismado
hilo; he llegado a ser grosero con algún bostezo, o mirando
hacia otro lado. Todo en vano: para estas personas uno es tan invisible
como quien esta al otro extremo de su teléfono. Les basta
saberse acompañadas en sus soliloquios, o la apariencia
de la compañía.
En estos casos siempre creo que se
sentirían mejor si, pese a tenerme enfrente, dispusieran
de un auricular y yo de otro. Entonces pienso que deberían
ser contratadas para visitar a los presidiarios, al menos a los
de las películas.
El Pals Semanal. 5 de octubre de 2003. |
Javier
Marías Franco
Madrid, 1951
Periodista y escritor.
nace en madrid el 20 de septiembre de 1951. Hijo del filósofo
vallisoletano Julián Marías, los recuerdos de su
infancia están ligados tanto a los tranvías y carros
de Madrid, como a la nieve de América, donde en ocasiones
siguió a su padre en su periplo por varios centros de Estados
Unidos, cuando el régimen de Franco intentó ahogar
su libre pensamiento.
Recibe una sólida educación liberal
en el Colegio Estudio, heredero de la Institución
Libre de Enseñanza, y en su casa, donde suspadres
daban clases a estudiantes extrangeros y recivían a intelectuales.
Aquí conoce a Rosa Chacel, con la que se
carteará hasta el fallecimiento de ésta. Escritor
precoz, comienza en el mundo de la literatura con once años
escribe su primera novela, la víspera, que
nunca ha llegado a publicar.
En 1968, año en el que ingresa en la facultad
de Filosofía
y Letras de la Universidad Complutense, publica su cuento La
vida y la muerte de Marcelino Iturriaga en El
Noticiero Universal de Barcelona, escrito también con quince años. En 1969
gana su primer premio, con una traducción de guiones sobre
Drácula para el cine, actividad ésta que desarrollará en
otros momentos de su vida.
Un año después conoce a un autor decisivo para su
futura carrera literaria, el ingeniero y escritor leonés
Juan Benet y, junto a él, se integra en un grupo formado
por Juan García Hortelano, Antonio Martinez Sarrión,
Eduardo Chamorro, Vicente Molina Foix y Félix de Azua, entre
otros.
Desde que en 1971 publicara su primera novela,
Los dominios del Lobo, muchas han sido las obras
que han visto la luz de éste
escritor, uno de los más traducidos del panorama literario
español. Entre ellas destacan El hombre
sentimental (premio
Herralde), Todas las almas, Corazón tan blanco (Premio de
la Crítica), Mañana en la batalla piensa
en mi (Premio
Fasternath, entre otros muchos), Negra espalda
del tiempo o tu
rostro mañana.
Miembro del Parlamento Nacional
de Escritores,
hace gala de su independencia política y libre pensamiento
que ha expresado en sus colaboraciones peridísticas, primero
en la revista El Semanal, del
Grupo Correo; y, posteriormente,
en El País
Dominical. |