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Premio “MIGUEL DELIBES”, 2003

     

 

Acta del Jurado del VIII Premio Nacional de Periodismo “Miguel Delibes”, 2003

En Valladolid, a las 11 horas del 17 de diciembre de 2003, se reúne el Jurado del VIII Premio Nacional de Periodismo Miguel Delibes, instituido y convocado por la Asociación de la Prensa de Valladolid (APV) y patrocinado por Caja España, cuyas bases fueron aprobadas por la Asamblea General de la APV del 22 de enero de 1996 y presentadas públicamente el 12 de abril del mismo año.

Forman parte del Jurado, Dª Almudena Marazuela Esteban, quien actua como presidenta del mismo, en representación de la Comisión Gestora de la APV; Dª Alicia Pueblo García, directora de la Cátedra de Estudios de Género de la Universidad de Valladolid; D. Ernesto Escapa Gutiérrez, director de la Editorial Ámbito; D. Luis Carmelo Rincón Miranda, socio de la APV; D. Juan José Millás García, como premiado de la edición anterior. Como secretatrio de actas, con voz pero sin voto, actúa D. Luis Miguel Torres Chico, de la Comisión Gestora de la APV. D. Fernando Rodríguez Lafuente, director de “ABC Cultural”, excusó su presencia a última hora.

El Jurado, tras deliberar sobre los trabajos presentados, tanto por los candidatos al premio que concurren por iniciativa propia, como los presentados en la reunión por los miembros del Jurado, al amparo del punto undécimo de las bases, decide conceder por unanimidad el Premio Nacional de Periodismo a D. Javier Marías, por el artículo “El oficio de oír llover”, publicado en dos entregas en “El País Semanal” los días 26 de septiembre y 5 de octubre de 2003, en el que se denuncia la trivialización del dicurso político, que oculta más de lo que muestra, y el empobrecimiento del habla cotidiana, cuya vaciedad crece, paradógicamente, con el aumento de las tecnologías de la comunicación.

En Valladolid, a 17 de diciembre de 2003.

   

Artículo premiado
El oficio de oír llover, de Javier Marías

Algo raro esta pasando con el hablar, el oír, el escuchar y el decir, pensé (tan raro que me llevara dos domingos intentar mirarlo). Había grabado las noticias para verlas mas tarde, así que pude rebobinar y comprobar que no me había engañado. Es un ejemplo entre mil; me fije en este. El nuevo portavoz del gobierno, señor Zaplana, casi se estrenaba en el cargo y daba una rueda de prensa. Era el día en que Sharon había ordenado desahuciar a Arafat, y centenares de palestinos habían empezado a concentrarse junto a la chabola de éste, para arroparlo. A Zaplana se le pregunto por la postura del Gobierno al respecto, y respondió lo que sigue, tal cual: "Bien, el Gobierno, lo que piensa en ejtos momentos, ej que la situación requiere, medidas que contribuyan a disminuir la tensión, no?, y no a incrementarla". Y aún tuvo el valor de apostillar: "Y con eso yo creo, puej que le digo, de forma mas o menos clara, cual ej la posición del Gobierno en ejtos momentos, no?" (Si me permito reproducir la atrocidad fonética es porque no se debía a acento de región alguna -ninguno es mejor que otro y todos son respetables-, sino a una mala dicción injustificable en quien tiene estudios y es Ministro.)

Habría allí una veintena de periodistas, y ninguno fue capaz de intervenir y decirle: "Pues no, no nos la ha dicho, ni mas clara ni menos clara. En realidad no ha dicho nada de nada. Lo que usted ha soltado es el vacío mas absoluto, y lo único claro es, por tanto, que el Gobierno no tendrá ni puta idea hasta que Colin Powell le de un as ordenes a su esclava libre. La verdad es que no se ni para que le preguntamos". Si, algo muy raro pasa para que un portavoz y Ministro responda como un merluzo y ninguno de los presentes le insista ni le proteste. Hasta los que daban la noticia -no TVE, sino la CNN+, cada día mas en Babia- se tragaron esa contestación como si fuera algo normal, o como si la hubiera habido: "Eduardo Zaplana ha explicado...", se limitaron a anunciar. ¿Cómo que ha explicado? No daba crédito, y pensé que algo ocurría. No me bastaba saber que los políticos hablan casi siempre en hueco, ni que la mayoría de los periodistas los oyen como quien oye llover, hartos de que aquellos formulen tan solo sandeces, vacuidades y desfachateces. No, pensé, algo mas grave y general sucede con el hablar para que a este portavoz flamante se le tolere semejante respuesta y nadie rechiste en la sala ni se escandalice luego en las redacciones.

Quizá responda a algo mas hondo: a la ya larga costumbre, desarrollada por el grueso de la población, de no escuchar casi nunca nada a nadie; y eso obedece a su vez a que cada día es mas la gente que habla y habla sin parar; de manera compulsiva, enfermiza, sobre todo por teléfono. O que mas bien emite sonido con apariencia de sentido, pero sin interés ni contenido real alguno. Nunca se exagerara lo bastante el daño que los teléfonos móviles han infligido al hablar y al pensar: Hasta hace unos pocos anos, había ratos del día en que la gente iba en silencio y mas o menos pensando en sus cosas. Si bien se mira, no eran escasos. Se iba callado en el metro, en el autobús y en muchos taxis, y desde luego al caminar por la calle; podía no articularse palabra durante trayectos de tren enteros, en los aeropuertos, en las estaciones, en el bar o en el restaurante si estaba uno solo en ellos; en los toros, en el fútbol, en el cine y en el teatro y de noche en las discotecas; mientras se hacia cola en el banco o en el mercado, mientras se iba de compras; cuando se estaba en el cuarto de baño y cuando se trabajaba. A poco que uno haga recuento, vera de cuantísimas ocasiones disponíamos para pensar en lo nuestro o en las musarañas, que es una de las modalidades mas fertiles de pensamiento. O para no hablar, simplemente. Y ademas, cuando se hablaba en persona -evito el tiempo presente porque ya no es así, a menudo, había pausas, vacilaciones, lentitud a veces, comentarios aislados y hasta breves cavilaciones. EI teléfono no permite nada de eso. Si alguien hace una pausa con un auricular al oído, su interlocutor no tardara dos segundo en regañarlo, ¿Oye, ¿estas ahí? ¿Se ha cortado? ¿Que no me has oído lo que te he dicho?" La función inicial del teléfono era, en efecto, la de utilizarlo para decir algo: dar una información o un recado, hacer una pregunta o consulta. establecer una cita o avisar de lo mas urgente. No cabía en la cabeza descolgar el aparato y marcar para no llenar el tiempo de la comunicación de cabo a rabo, y llenarlo además lo mas posible y con prisa, ya que cada minuto nos era cobrado caro. Es mas, lo que imponía y marcaba el fin de la comunicación era que lo que hubiera de decirse se hubiera ya dicho. No tenia el menor sentido prolongarla, ni buscar cosas superfluas para llenar un tiempo y pagar un dinero de los que en realidad carecimos.

El Pals Semanal. 28 de septiembre, 2003

Locuacidades Ensimismadas
(Continuación del pasado domingo)

Ahora es todo lo contrario. La progresiva infantilización de nuestra sociedad se ha visto coronada por los teléfonos portátiles, que permiten satisfacer la impaciencia par contarle o preguntarle algo a alguien, o ni siquiera: por sentirse acompañado, a costa de darle a otro la tabarra. Antes solía haber un periodo de espera -por lo menos hasta encontrar una cabina o llegar a casa- entre el momento en que a uno se le ocurría llamar y el de hacerlo efectivamente. Esas dilaciones no eran nada desdeñables; en el peor de los casos, servían para decidir mentalmente que o cuanto iba a decirse, a veces para preparar la formulación, o perfeccionarla; en el mejor, para descartar la llamada y ahorrársela sobre todo al otro. Daba tiempo a pensárselo un poco, a echarse atrás del primerísimo impulso, a ponderar si era o no bueno poner a nadie al tanto de lo que acababa de pensarse o saberse, si en verdad le interesaba a uno que alguien mas estuviera enterado. Por así  decir, a la discreción se le daban oportunidades. También a la selección de las informaciones, a la capacidad de secreto, ala consideración de ir a causar mas perjuicio que beneficio con la revelación instantánea de un hecho o de unas palabras.

No hace falta añadir que no poseo móvil ni lo poseeré jamás, pero estoy harto de ver a mi alrededor a personas que viven esclavizadas por el o que esclavizan con el o ambas cosas (lo mas frecuente). Porque lo que este invento ha instigado es la propagación de lo que se conocía antiguamente como "incontinencia verbal". La expresión ya apenas se usa, y la razón es muy simple: no se puede ya ver como anómalo lo que aqueja a la mayoría. Y eso es lo malo: empieza a percibirse como normal que cualquier tirano llame a cualquier sojuzgado en cualesquiera momento y lugar para soltarle las tres chuminadas o mas bien trescientas que se le hayan pasado por la cabeza, o sencillamente "para charlar". Y si la persona Llamada no responde, la solicitación del que llama queda siempre registrada y nunca se pierde en el añorado limbo de lo incumplido y lo no sabido, de tal manera que cada impositivo timbrazo deja su huella e incrementa una especie de deuda agobiante: "Tengo que devolver un montón de llamadas", es la desesperada frase que oigo a mis amistades cuando miran sus móviles tras haberlos desconectado un rato. Esta inmediatez, esta facilidad para contar y decir, esta incontinencia general y esta constancia de las tentativas fallidas han propiciado un abaratamiento y una trivialización del hablar y del escuchar como nunca se habían dado. Puesto que la cháchara es continua y omnipresente, crece la tendencia a no otorgar la menor importancia a lo que se dice ni a lo que se oye. En parte como defensa ante el imparable aluvión de voces, hay mucha gente que ha optado por no prestarles atención en ningún caso, y tal vez eso explique lo ocurrido con el portavoz del Gobierno y los periodistas, que comente hace una semana, o lo que hoy sucede por norma con las declaraciones de los políticos. Estos se sienten cada vez mas impunes para sostener una opinión un día y la contraria al siguiente; para negar que dijeron lo que dijeron, aunque este grabado; para calumniar o insultar y no hacerse responsables luego de sus falacias ni de sus agravios. Se tiene la sensación de que las palabras no cuentan, de que todas carecen de gravedad y peso y aun de sentido. No es ya que se las lleve el viento, según la inmemorial expresión, sino que se difuminan en el aire solas, nada mas salir de las bocas, sin necesidad de la mas leve brisa.

De la misma forma que ver la televisión ha influido en la manera de ver el cine en las salas (donde hoy se habla y se come como si se estuviera en casa), el desaforado hablar telefónico ha contagiado al otro, al personal. Como si se hubiera extendido la obligación de llenar de principio a fin el tiempo de las comunicaciones, yo veo a cada vez mas personas instaladas en una verborrea malsana, individuos que no pueden hacer ni una pausa, y que antes le repetirán a uno diez veces las mismas observaciones y anécdotas que abandonar un solo instante el uso de la palabra. Lo he probado todo para intentar frenarlas o contrarrestarlas, a estas maquinas de locuacidad que van en increíble aumento. He permanecido callado mas allá de la cortesía, por ver si echaban de menos una respuesta; he tratado de intrigarlas con el breve anuncio de algo interesante que contar por mi parte; he procurado meter baza, apropiarme de la palabra unos segundos; les he hecho desconcertantes preguntas para cortarles el ensimismado hilo; he llegado a ser grosero con algún bostezo, o mirando hacia otro lado. Todo en vano: para estas personas uno es tan invisible como quien esta al otro extremo de su teléfono. Les basta saberse acompañadas en sus soliloquios, o la apariencia de la compañía.

En estos casos siempre creo que se sentirían mejor si, pese a tenerme enfrente, dispusieran de un auricular y yo de otro. Entonces pienso que deberían ser contratadas para visitar a los presidiarios, al menos a los de las películas.

El Pals Semanal. 5 de octubre de 2003.

Javier Marías Franco
Madrid, 1951
Periodista y escritor
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nace en madrid el 20 de septiembre de 1951. Hijo del filósofo vallisoletano Julián Marías, los recuerdos de su infancia están ligados tanto a los tranvías y carros de Madrid, como a la nieve de América, donde en ocasiones siguió a su padre en su periplo por varios centros de Estados Unidos, cuando el régimen de Franco intentó ahogar su libre pensamiento.

Recibe una sólida educación liberal en el Colegio Estudio, heredero de la Institución Libre de Enseñanza, y en su casa, donde suspadres daban clases a estudiantes extrangeros y recivían a intelectuales. Aquí conoce a Rosa Chacel, con la que se carteará hasta el fallecimiento de ésta. Escritor precoz, comienza en el mundo de la literatura con once años escribe su primera novela, la víspera, que nunca ha llegado a publicar.

En 1968, año en el que ingresa en la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Complutense, publica su cuento La vida y la muerte de Marcelino Iturriaga en El Noticiero Universal de Barcelona, escrito también con quince años. En 1969 gana su primer premio, con una traducción de guiones sobre Drácula para el cine, actividad ésta que desarrollará en otros momentos de su vida.

Un año después conoce a un autor decisivo para su futura carrera literaria, el ingeniero y escritor leonés Juan Benet y, junto a él, se integra en un grupo formado por Juan García Hortelano, Antonio Martinez Sarrión, Eduardo Chamorro, Vicente Molina Foix y Félix de Azua, entre otros.

Desde que en 1971 publicara su primera novela, Los dominios del Lobo, muchas han sido las obras que han visto la luz de éste escritor, uno de los más traducidos del panorama literario español. Entre ellas destacan El hombre sentimental (premio Herralde), Todas las almas, Corazón tan blanco (Premio de la Crítica), Mañana en la batalla piensa en mi (Premio Fasternath, entre otros muchos), Negra espalda del tiempo o tu rostro mañana.

Miembro del Parlamento Nacional de Escritores, hace gala de su independencia política y libre pensamiento que ha expresado en sus colaboraciones peridísticas, primero en la revista El Semanal, del Grupo Correo; y, posteriormente, en El País Dominical.